Por Miguel H. Artel Alcázar
1. Introducción y la Paradoja de un Resultado "Positivo"
Si se me preguntara mi opinión sobre el devenir de las recientes elecciones presidenciales en Colombia, mi respuesta inicial —aun sabiendo que no voté por el candidato que resultó ganador— es que el acontecimiento constituye, paradójicamente, una buena noticia. Esta perspectiva va mucho más allá de una simple lectura numérica o del cambio formal de mandatario. Los procesos de votación trascienden la frialdad de las estadísticas; son el reflejo de dinámicas sociales profundas y de transformaciones en la conciencia colectiva.
Este resultado es positivo porque actúa como un catalizador que acelera el fin de mitos políticos y expone las contradicciones del sistema, permitiendo que el pueblo complete su comprensión de las dos caras radicales de una misma moneda.
2. La Memoria Colectiva y la Erosión de la Fidelidad por Coerción
El análisis de esta coyuntura exige asentar dos premisas fundamentales: primero, que el pueblo posee memoria histórica; y segundo, que el ciudadano es plenamente consciente de quién lo engañó, quién lo apoyó y quién se posiciona verdaderamente a su lado.
Durante la contienda electoral se evidenciaron elementos de coacción alarmantes. Una parte considerable de la población fue obligada a votar por el candidato ganador bajo amenazas directas de perder sus empleos o mediante la exigencia de listados de familiares enteros para asegurar la continuidad de contratos laborales. Estas prácticas impositivas generan una profunda sensación de abuso que repercute directamente en la conciencia del ciudadano coaccionado.
Es imposible respetar a un líder cuyo poder se edifica sobre la base de la intimidación. Cuando un ciudadano vota condicionado por el miedo y en contra de su voluntad, se lacera el principio de fidelidad y respaldo auténtico. Esta fidelidad orgánica fue, precisamente, la mayor fortaleza del gobierno saliente: un apoyo genuino que sostuvo la resistencia tanto del gobierno como del pueblo, y que resulta vital para cimentar la verdadera fuerza de una nación.
Maquiavelo, en El Príncipe de Niccolò Machiavelli, plantea la clásica disyuntiva de si es mejor ser amado o temido. Aunque afirma que el temor puede sostener el poder temporalmente a través del castigo, advierte rigurosamente que el gobernante debe evitar a toda costa ser odiado. La extorsión laboral y el abuso del débil engendran odio, un sentimiento que destruye la base de la estabilidad del gobernante y propicia su futura caída.
Pierre Bourdieu (Sobre el Estado), detalla cómo el poder estatal y las élites utilizan la violencia simbólica y la dominación estructural para forzar conductas. No obstante, cuando la coerción económica y laboral se vuelve explícita y grosera, los mecanismos de legitimación se rompen, dejando al descubierto los hilos de la opresión y activando la memoria y el rechazo latente de las clases dominadas.
3. Del Respeto a la Fuerza: El Riesgo del Autoritarismo
El peligro intrínseco de asumir un mandato desprovisto de fidelidad, respeto y atención real a las demandas populares radica en la necesidad inevitable de recurrir a la fuerza, el miedo y la coerción institucional o armada para asegurar la obediencia.
Este panorama es especialmente grave en un país estructuralmente saturado y fatigado de la violencia, que ya había iniciado un proceso de habituación democrática distinto. Esto se debió a la tendencia humanista, coherente y respetuosa de los derechos humanos que caracterizó al gobierno saliente. El contraste entre un modelo basado en el consenso social y uno sostenido por la intimidación acentúa la resistencia civil.
Hannah Arendt (Sobre la violencia); establece una distinción radical entre poder y violencia. El poder nace del consenso, de la acción concertada y del apoyo libre de una comunidad (fidelidad popular). Cuando el gobernante carece de poder legítimo, se ve obligado a sustituirlo por la violencia y la coacción. Para Arendt, el uso de la fuerza es el síntoma inequívoco de la impotencia política y de la falta de autoridad real.
4. Crisis de Legitimidad, Institucionalidad y el "Presidente de Papel"
La historia reciente demuestra que el proyecto político saliente tuvo que defender su posición legítima en dos ocasiones previas frente a dinámicas de fraude, manipulación de votos y anomalías estructurales proferidas por facciones enquistadas en la Registraduría y en los tradicionales grupos de poder.
Hoy, la historia de manipulación y traición parece repetirse con un proceso electoral que arrastra el cuestionamiento y la demanda de unas 33,000 mesas de votación. Bajo este escenario, se reconfiguran los conceptos de victoria y derrota: quien pierde bajo estas condiciones conserva la legitimidad moral ante la sociedad; mientras que quien gana sobre el lodazal del fraude y la sospecha institucional, asume un mandato profundamente ilegítimo.
No resulta sorprendente que un actor político que recurrió a la adulteración de firmas para formalizar su candidatura y que fue percibido sistemáticamente como un "tigre de papel" (una fuerza puramente aparente), devenga ahora en un "presidente de papel", carente de sustancia representativa y soporte ético.
Jean-Jacques Rousseau en El contrato social de Rousseau, argumenta que el derecho del más fuerte no constituye verdadero derecho, y que la fuerza no crea legitimidad. El orden social y la autoridad civil solo son válidos si se fundan en convenciones legítimas emanadas de la voluntad general. Un mandato obtenido a través del fraude institucional y la alteración de las reglas democráticas carece de validez moral, reduciendo al gobernante a un mero usurpador del poder político.
5. El Choque de Fuerzas y la Resistencia Democrática Futura
El panorama actual depara un contraste absoluto: por un lado, un gobierno que culmina su ciclo con un respaldo transparente, volcado hacia las clases medias y populares, los derechos humanos y el rigor constitucional; por el otro, una administración entrante manchada por denuncias de corrupción y trampas desde las instancias organizativas, que truncó por medios espurios la continuidad de una alternativa democrática elegida conscientemente.
No obstante, la diferencia cuantitativa en las urnas se redujo a escasos 300,000 votos. Esta cifra, frente al despliegue de coerción antes descrito, demuestra que existe una inmensa reserva de dignidad. El resentimiento legítimo ante la injusticia, la convicción de la verdad y la fuerza de un pueblo consciente constituyen un capital social que inevitablemente se transformará en dinámicas de oposición y movilización.
Este desenlace nos ahorra décadas de suposiciones abstractas. En adelante, restará observar la capacidad del nuevo gobierno para respetar la soberanía nacional, la autonomía de la República, la Constitución y los avances sociales conquistados para las clases medias y pobres; o si, por el contrario, se dedicarán a atropellar el desarrollo social mediante la manipulación.
La verdadera fuerza social y el auténtico mandato ético permanecen en la oposición que no accedió formalmente a la presidencia, pero que se mantiene real, unida y firme. Hablamos de una mayoría consciente y cualitativa frente a los billones de recursos económicos que financiaron la campaña ganadora. En el territorio nacional ha quedado firmemente asentada una nítida batalla ética y política entre el bienestar común y la degradación del poder.
Antonio Gramsci (Cuadernos de la cárcel); acuña el concepto de "hemonía cultural" y analiza la confrontación entre el "bloque histórico" dominante y las fuerzas subalternas. Cuando las élites pierden el consenso (la dirección moral y espiritual) y solo mantienen el control a través del aparato coercitivo del Estado (el dominio puro), se abre una crisis de hegemonía. La fuerza social remanente de millones de ciudadanos conscientes constituye la creación de una contrahegemonía viva, un poder moral y de opinión que mantiene la verdadera representatividad social frente al gobierno formal.
Es la razón por la cual sostengo que es un evento necesario lo ocurrido. Desde aquí comprendo a Álvaro Gómez Hurtado, quién dijo que "solo una crisis total puede acelerar los procesos democráticos hacia caminos sólidos y definitivos". Esperemos entonces como actores vivos e incluidos, este nuevo capítulo nacional.
0 Comentarios